"Everydays: The First 5000 days" de Beeple.

«Pero, en un mundo donde todo es reproducible, viral y desechable, ¿cuál es la garantía del coleccionista al adquirir una obra?». Foto: «Everydays: The First 5000 days» de Beeple

El ciberespacio crece y se inunda de nuevos negocios todos los días. Los exitosos empresarios virtuales han detectado a la perfecta víctima para el consumo: el coleccionista. Dispuesto a pagar lo que sea por poseer una pieza original, hoy impulsa el mercado del arte digital. No importa si su codiciada obra se viraliza o reproduce, el cyber coleccionista conservará siempre los derechos con un NFT en la blockchain. ¿De qué estamos hablando?

En esta era de la reproductibilidad, una de las imágenes más exitosas es la Monalisa. Rostro enigmático, ha sido motivo de todo tipo de reflexiones sobre la belleza, el misterio, la bisexualidad. Incluso, fue protagonista de uno de los robos más increíbles de principios del siglo XX. Un buen día la mujer de la inexplicable sonrisa desapareció del Louvre. Después de acuciosas investigaciones, seis versiones idénticas al original de Leonardo aparecieron milagrosamente. Una de ellas habita desde entonces en el museo protegida por los más sofisticados sistemas de seguridad. La pregunta obligada, ¿es la auténtica? Parece que a los directores de tan noble institución no les corre prisa en averiguarlo; si lo saben, tampoco les urge declararlo públicamente. Lo importante es la derrama que cada año les significa tener a tan conspicua señora.

El concepto “derechos de autor” sobre una obra no es tan antiguo. Apenas en el Renacimiento se puso de moda. La firma en una obra permitía a un aprendiz ser reconocido como artista y dejar de ser parte del gremio de artesanos. Con el paso de los años el culto a la personalidad encumbró a ciertos artistas, los llenó de poder y los convirtió en semi dioses.

Hoy, que vivimos la era de la ansiedad por ser famosos, tener el poder de influir en los demás y ganar mucho dinero, la autoría de lo que sea, una obra, una idea, una pieza musical se convierte en una especie de bono para figurar y volverse respetable. La ambición desmedida de nuestra sociedad terminó por contaminar al mundo del arte. En el pasado eran muchas las razones para que un artista creara (por necesidad, por el gozo profundo, por instinto, porque tenía mucho que decir, etc.). Los valores de hoy son distintos, fama, poder económico y popularidad. En las galerías, ferias e incluso museos, todos los días se legitiman obras por conveniencia. Es una fórmula de acuerdos entre los distintos interventores y ha funcionado muy bien.

Para poder garantizar esta fórmula, se instituyó la industria del arte en la que, especialistas de todas las ramas, invierten sus conocimientos para formar la carrera de un artista. Parecen decirle: “tú crea, nosotros te creamos”. La realidad es que, si un artista no cuenta con la infraestructura necesaria, puede ser muy bueno, pero será difícil que rebase los elogios de su tía Paulita quien, desde chiquito, le compró sus pinturitas.

La era del espectáculo, demandante, descarnada y tristemente mediocre, migró jubilosa al mundo virtual. Los ambiciosos, alguno que otro soñador, los visionarios, los inconformes con los sistemas tradicionales y mucho más astutos, han invertido en todo tipo de tecnologías a través de aplicaciones y empresas virtuales, hasta volverse los nuevos millonarios. Estos segmentos de la sociedad, nómadas virtuales, navegan en las nuevas carreteras de la blogosfera llenas de dinero. Compran, venden, negocian, transan, se divierten, sueñan con absoluto conocimiento de las reglas, pero se están dando cuenta de la futilidad en la que habitan. Paradójicamente, todos, aquí y allá adentro, lo que hemos anhelado siempre es trascender.

Desde la era de las cavernas nuestra especie ha buscado dejar un legado en el mundo, se sabe mortal, también sabe que sus obras hablarán de ella en los tiempos por venir. Ese es uno de los motivos del arte, materializar lo mejor del ser humano. El artista crea y alguien debe resguardar su obra. Aquí es donde aparece el elemento fundamental; un ser ansioso de poseerlo todo, desde fósiles, estampillas, relojes, autos y obras de arte. Es el coleccionista. Curiosamente este mecenas ha rebasado los límites de la realidad y está dispuesto, con todo y su avidez, a conquistar al mundo virtual. Por lo tanto, se vuelve necesario crear los artefactos para satisfacerlo.

Esta es la razón por la que un montón de cerebros trabajan a todos los niveles de consumo en esta nueva cadena alimenticia. No han tardado mucho en llegar al mundo del arte. Pero, lo que a veces se olvida es que el tema del arte no es sólo el escandaloso precio ni su apabullante popularidad. Para que una obra trascienda debe lograr, entre otras muchas cosas, un equilibrio entre los contenidos y la manera de expresarlo. ¿El ciberespacio ha reflexionado sobre esto? Por lo visto, aún no lo suficiente. Por tal motivo urge encontrar ese lenguaje congruente con el mundo virtual.  Y así volvemos al tema del inicio. La Monalisa ha trascendido los tiempos y hoy es universal debido a sus valores intrínsecos; también por ello es una imagen tan reproducida, ¿cuál será la Monalisa del mundo virtual?

No sólo se trata de trasladar los bluechips del mundo real al mundo digital. Crear un arte adecuado dentro del nuevo medio es lo que permitirá su legitimación. Los creativos están abriendo galerías, subastas, ferias, mercado y ya cuentan con el coleccionista a quien no le tiembla el pulso a la hora de oprimir el dedo sobre la tecla enter por varios millones.

Pero ¿y las obras? Bueno, para empezar, Sotheby´s vendió un pixel gris por 1.36 millones de dólares; vale la pena mencionar que la puja por este nuevo ¿Picasso? duró unas cuantas horas. El autor es un artista anónimo digital que se conoce como Park. Su creación, un conjunto de cubos virtuales que en tres días alcanzó 14 millones de dólares. Más impresionante, la obra de Beeple, artista digital y estrella del momento. Christie´s logró el martillazo de 69 millones de dólares por Everydays: The First 5000 days, (Todos los días, los primeros 5000 días), un collage con las imágenes guardadas durante 13 años. Más allá de la chocante estética de la obra, no podemos dudar de su meticulosidad; guardar un diseño digital cada día durante tanto tiempo puede parecerse mucho a lo que haría un artista conceptual como On Kawara con el tiempo o la fantástica Hanne Darboven con los objetos encontrados. También podemos sospechar que Christie´s está apostando por el control del posible mercado virtual. En todo caso debemos aceptar que la obra vale lo que se paga por ella.

Pero, en un mundo donde todo es reproducible, viral y desechable, ¿cuál es la garantía del coleccionista al adquirir una obra? Aquí es dónde surge el NFT. Un término que todos debemos conocer y tomar en cuenta la próxima vez que nos acerquemos al mundo virtual con algo de presupuesto, ya sea bitcoinether o cualquiera de las monedas que surgen todos los días y que son acuñadas por los nuevos bancos o cadena de bloques blockchain, una base de datos que permite almacenar y registrar la compra por la que se entrega una prueba de propiedad. NFT, non-fungible tokens, quiere decir “activos digitales no fungibles”, es decir, piezas únicas que no son intercambiables. Parece ser que todos los flancos están cubriéndose con la intención de que el mercado del arte digital se abra paso con certeza.

Pero, a mi parecer, sigue faltando lo más importante, ¿quiénes serán sus artistas, curadores, críticos, historiadores, consultores y neo expertos?, ¿los sabios de siempre migrarán al mundo virtual, o cada día surgirán nuevos conocedores que, sin duda, sabrán mucho más que cualquiera de nosotros porque pertenecen a ese mundo?, ¿el arte tradicional migrará a lo digital?, ¿habrá que acostumbrarse al extraño y frecuente mal gusto de los artistas virtuales?, ¿es otra estética que debemos conocer?

Inevitable, ante este gran universo de posibilidades, a veces divertido, siempre vertiginoso, ver a la Monalisa, sentada durante siglos en su derriere, como dijera Duchamp, observando, impasible, distante, enigmática, la evolución del ser humano y los retos que se impone cada día. ¿Podrá sobreponerse a la acometida de los NFT?

@suscrowley