La sombra de las elecciones. Fotografía Tomás Calvillo Unna

 

I

 

No caminamos,
corremos, sin pasos.
Sin huellas,
ya sin aliento.
En un segundo
se consume la visión
y nuestro sentir se evapora.

Pareciera que huimos
de nosotros mismos
ante el temor
de este incendio perpetuo.

La presencia de las cenizas,
su lluvia
oscurece el paisaje

Lo que creímos construir;
lo que creímos ser,
en un instante
desapareció.

Todo yace en ese océano gris
que ataja y atrapa
al día y la noche.

La última mirada
esta cargada de ardor.
Ardemos desde la primera hora
hasta el último respiro.
Siempre ardemos vivos
hasta quedarnos fijos
en el pedernal del silencio
encajado en el vientre.

Con las manos
inventamos la bóveda,
la pequeña Capilla
de nuestras palmas;
ahí donde el destino se graba.

Y en esa gimnasia del espíritu,
en la arquitectura del corazón,
buscamos el refugio de no ser nadie,
y por momentos,
sólo ese soplo de luz,
ese pestañeo,
donde la infinitud observa su lugar.

Y no obstante,
las inmensas fantasías nos enceguecen.
Sin piedad alguna, sin un gesto siquiera
para permitir dudar del atrevimiento,
de creernos vivos entre los presagios,
de una libertad asediada y sometida

II

El veneno blanco que irrita las neuronas,
convertido en boletas electorales
marcadas ya por la esclavitud,
diseña la ruta y los callejones sin salida.

La llamada nocturna, la amenaza
de una voz anónima,
perpetrando el cobarde crimen del terror;
los mensajes cifrados de violencia
del poder que pretende usurpar
la propia luz del día, insertándose entre las horas;
explotando cada minuto
con las tenazas del miedo y la amenaza;
arropándose en la gran mentira
que vocifera en las plazas públicas
apropiándose del hambre de justicia,
al comprar los cuerpos y enceguecer las almas.

La prepotencia como emblema,
la franquicia de la crueldad,
la corrupción como nombre,
la oratoria de promesas inútiles ,
las máscaras siniestras de la cobardía,
de aquellos que apuñalan por la espalda
a quienes aún sobreviven y resisten:
como los últimos creyentes
de una palabra justa que pudo ser escuchada.

¿Quiénes son estos que se asumen
como representantes de un pueblo
que corre el riesgo de extraviarse
en el sonámbulo existir de la indiferencia?
¿Quiénes son estos que maldicen la tierra con sus actos
y abren las puertas del infierno, así, sin metáfora alguna?

Helos aquí:
protagonistas insaciables,
criaturas de la falacia,
inverosímiles en la imaginación
siniestros en la realidad,
custodios del crimen.

El dolor enterrado de la infancia,
al aire libre, se desnuda de insultos.

Propagadores de tragedias
se incineran en la ambición de poseer.
Diseminan el odio
para destazar los anhelos
y la esperanza;
olvidan su perenne condición
de orfandad.

La perplejidad nos invade
ante el descalabro existencial
de la ignorancia.

 

Nos resta el poder inagotable de la libertad.