El escritor peruano Santiago Roncagliolo habla con SinEmbargo con motivo de la publicación de su más reciente novela Y líbranos del mal (Seix Barral, 2021) y expresa cómo ante los casos de abusos de menores la Iglesia escaló el silencio por estos casos a su jerarquía, a la sociedad e intentó silenciar a la prensa.

Ciudad de México, 19 de junio (SinEmbargo).– Los casos de abusos a menores cometidos por curas de la Iglesia católica “se volvieron especialmente fuertes porque era demasiado bochornoso admitir lo que ocurría y entonces lo que hicieron fue saltar el silencio al siguiente nivel” de su jerarquía “y entonces el silencio en torno a estas cosas empezó a inundarlo todo hasta que explotó”, planteó Santiago Roncagliolo.

“Esa explosión también ha servido para cuestionar que alguien hable en nombre de Dios, que es lo más frágil, hacía sus víctimas, porque el abuso siempre es un daño que te hace alguien que te quiere y que tú crees que te quiere, pero si esa persona te habla en nombre de Dios tiene un poder sobre ti que no puede tener ninguna otra persona, y el hablar de estas cosas, el denunciar estos casos, el hacer público y global lo que ocurre es lo que más ha destruido el silencio en el que las autoridades, incluso las autoridades eclesiásticas, querían cubrirlo”, compartió en entrevista el escritor peruano con motivo de la publicación de su más reciente libro Y líbranos del mal (Seix Barral, 2021).

En este thriller, Roncagliolo narra la historia de Jimmy, un joven nacido en Estados Unidos que a raíz del deterioro del estado de salud de su abuela, Mamá Tita, decide viajar al Perú, tierra donde nació y creció su padre en el seno de una familia acomodada, y de quien empezará a desentrañar los fantasmas de su pasado que involucran a la Iglesia católica y una agrupación con tintes sectarios que esconde una serie de abusos y secretos a voces que el protagonista no alcanza a escuchar, situación que lo lleva a escarbar en el pasado y llenar mediante su voz algunos silencios… y abrir otro puñado.

“Todos estos vacíos que vas dejando, cada lector los va llenando con su conocimiento propio de la naturaleza humana y de sus emociones, y ese juego me fascina; me fascina jugar con los lectores, plantearnos acertijos y resolverlos mutuamente”, comentó el autor, a la par que dio cuenta de cómo esta historia también sirve de retrato de una clase social a la que pertenece el padre de Jimmy, una clase con recursos y cerrada sobre sí misma.

Lo narrado retoma aspectos de lo ocurrido con el grupo Sodalicio de Vida Cristiana en el Perú, fundado en 1971 por Luis Fernando Figari, contra quien pesan a la fecha acusaciones por abuso a menores de edad. La característica de este agrupación fue que recibió en sus filas a jóvenes de familias con recursos, a quienes “formaban” en casas de retiro con el objetivo de separarlos de sus seres queridos y aleccionarlos mediante una serie de prácticas sectarias.

«En muchos casos en América Latina ocurre que para dar dos pasos más hacia una secta ultraconservadora hace falta muy poco. Esos chicos ya viven en un mundo muy pequeño, muy segregado, muy elitista y sintiendo una superioridad hacia los demás que también es lo que les da el grupo, el sentido de ser una falange, un ejército que va a salvar al mundo de todas esas amenazas que yacen ahí afuera”, indicó al respecto.

Y líbranos del mal también cobró notoriedad en la prensa debido a las denuncias que surgieron en redes sociales sobre un veto en las tiendas Sanborns por una política interna de “rechazar cualquier libro que hable de los abusos sexuales al interior de la Iglesia católica”. Esta situación fue exhibida por el propio Roncagliolo en una carta pública dirigida al empresario Carlos Slim Helú en la que señaló que “como las buenas terapias, las buenas novelas suelen sacar a la luz los temas oscuros de nuestras sociedades para que podamos reconocerlos, visibilizarlos, y enfrentarnos a ellos”.

“Para mí como creador es un elogio que quieras hacer una historia inquietante y que alguien te diga es tan inquietante que no nos atrevemos a venderla. Eso significa que está bien hecho el trabajo. Creo que los consumidores de redes sociales, de librerías, de centros de opinión y de información y de narración tenemos derecho a saber con qué criterio se escoge lo que vemos”, indicó en la entrevista con SinEmbargo.

Santiago Roncagliolo compartió además su opinión sobre lo ocurrido en la jornada electoral del pasado 6 de junio en el Perú y sobre lo que espera del triunfo del izquierdista Pedro Castillo: “es un gran momento para buscar consensos, acuerdos y planes de gobernabilidad”.

Y líbranos del mal. Foto: Cortesía Grupo Planeta.

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—Santiago, la realidad que describes en el Perú, —dando cuenta de la desigualdad social, de la ruptura del núcleo familiar, de los abusos dentro de una institución con un arraigo y autoridad en el país y en la región como es la Iglesia católica— bien podría ser por momentos la de México o la de cualquier país de latinoamericana, ¿hasta dónde es una crítica social y hasta dónde, un reflejo del día a día de muchos y sobre todo de una época?

—Creo que es en muchos aspectos el retrato de una clase social. El hecho de que nuestros países sean tan desiguales hace que las clases más altas vivan acorazadas del resto, sintiéndose amenazadas por el resto, con muros para protegerse de ellos, poniendo a sus hijos en colegios diferentes, viviendo en barrios diferentes. Y como son clases pequeñas, y como son católicas, suelen ser católicas, y reivindicar esa parte de nuestra herencia, ya son como grupos muy encerrados, muy grandes.

En muchos casos en América Latina ocurre que para dar dos pasos más hacia una secta ultraconservadora hace falta muy poco. Esos chicos ya viven en un mundo muy pequeño, muy segregado, muy elitista y sintiendo una superioridad hacia los demás que también es lo que les da el grupo, el sentido de ser una falange, un ejército que va a salvar al mundo de todas esas amenazas que yacen ahí afuera.

—La historia que narras está basada en los abusos ocurridos con el grupo Sodalicio de Vida Cristiana en el Perú, pero también rememora los perpetrados por los Legionarios de Cristo en México, ¿de qué tamaño es el flagelo que ha infringido la Iglesia católica con el encubrimiento de los abusos a menores? 

—Lo que a mí me interesaba era no hacer un reportaje de un caso real, sino explorar ahí donde el periodismo ya no te permite llegar, explorar mediante la ficción y mediante la especulación en esa zona oscura que no se ha podido documentar porque no hay fuentes que te digan lo que hicieron y tratar de llegar ahí a partir del conocimiento de la naturaleza humana, y entonces eso hace que la historia la puedas leer en Australia, en Sudáfrica o en Finlandia, y sentir que tiene que ver con tu mundo, que tiene que ver con cosas oscuras que anidan dentro de todas las personas. 

Sin embargo, evidentemente en los países católicos los casos de este tipo se volvieron especialmente fuertes porque era demasiado bochornoso admitir lo que ocurría y entonces lo que hicieron fue saltar el silencio al siguiente nivel. Si se entera la jerarquía, que se calle la jerarquía; si se entera la sociedad, que se calle la sociedad; si se enteran los medios de comunicación, que no salga en los medios de comunicación, y entonces el silencio en torno a estas cosas empezó a inundarlo todo hasta que explotó.

Creo que esa explosión también ha servido para cuestionar, yo diría que sobre todo lo que me parece más importante, que alguien hable en nombre de Dios, que es lo más frágil, hacía a sus víctimas, porque el abuso siempre es un daño que te hace alguien que te quiere y que tú crees que te quiere, pero si esa persona te habla en nombre de Dios tiene un poder sobre ti que no puede tener ninguna otra persona, y el hablar de estas cosas, el denunciar estos casos, el hacer público y global lo que ocurre es lo que más ha destruido el silencio en el que las autoridades, incluso las autoridades eclesiásticas querían cubrirlo.

Retrato del escritor peruano Santiago Roncagliolo. Foto: Xavier Torres-Bacchetta.

—En ese mismo sentido, ¿que se puede esperar ahora de la Iglesia católica ante este silencio que retratas en tu novela? Desde el Vaticano buscan atender esto con una reforma ¿Es suficiente, llega a tiempo?

—Por lo menos es algo, más de lo que había antes, pero creo que también han pasado más cosas que no necesariamente salen en los periódicos. Mis hijos van a un colegio católico y hay un teléfono para cualquier tipo de sospecha o acusación. Se evitan muchas situaciones que antes eran naturales como la confesión o las situaciones en las que un chico está a solas con un sacerdote.

O sea ha habido un cambio en la mentalidad, yo le pediría al Vaticano más, pero ha habido un cambio en la mentalidad de mucha de la gente que trabaja con los niños directamente, aunque sólo sea porque se sabe que su superviviencia depende de que confiemos en ellos y que esto es un torpedo en la confianza que se le puede tener a la institución, y es una cuestión de superviviencia.

—También abordas en tu narrativa otro aspecto que comparten muchos países latinoamericanos. Hablo de la desigualdad. Tú lo plasmas cuando relatas cuando Sebastián viaja del mundo en el que vive con sus abuelos hasta cuando va a visitar a su padre. Es notoria la diferencia, son circunstancias muy distintas ¿Consideras que este es el principal reto a vencer de la región, o antes ves otros?

—Creo que la desigualdad es una urgencia porque además crea una sociedad enfrentada. Lo veo ahora en el Perú, en las elecciones, tienen a un país dividido por la mitad como ya lo he visto en su momento en Bolivia, en Argentina. En muchos países la desigualdad hace que las sociedades se sientan de un grupo y contra el otro, y vamos a vivir juntos, nos guste o no. O sea que el ambiente de enfrentamiento es completamente inútil, improducente, y tiene a crear una atmósfera que hace imposible resolver los problemas. 

—A través de los diálogos entre Jimmy y Mamá Tita se asoma la política. Previo a la jornada electoral del 6 de junio, habías comentado que “no hay opciones políticas que generen ilusión”. ¿Crees que se trate de un maleficio de la región, del Perú? 

La polarización es un fenómeno que alcanza a todas las democracias actuales en América y Europa por lo menos. No sólo se da la desigualdad creciente, también en Europa desde la crisis anterior, sino también nuevas formas de comunicación. Las redes sociales van forzando una simplificación del debate público y una trivialización. Tú encuentras a tu grupo y te refugias en él, sea cual sea tu grupo. Nacional, ideológico, activista o de cualquier tipo, y vas deshumanizando a los que piensan diferente que tú. Y como sólo hablas con gente que piensa como tú, te resulta cada vez más difícil entender a los que piensan algo diferente. Hay procesos ahí que tienen que ver con cosas que están pasando globalmente y luego hay una desigualdad que es más intensa en América Latina que en cualquier lugar del mundo.

—Hace unos días dijiste que Pedro Castillo era un candidato “nulo” y que no es que fuera comunista como decía Fujimori, ya que “hay que ser más organizado para ser comunista”. En ese sentido, ¿qué viene para el Perú con el triunfo de Pedro Castillo?

—Pues ojalá que calma. Me daría muy por bien servido con que para empezar los dos candidatos y todos los demás que están en el Parlamento… porque hemos visto el culebrón de las presidenciales, pero prepárate para la segunda temporada: el Congreso, que tiene 130 nuevos personajes muchos de los cuales no los conoces y no sabes qué van a hacer. Necesitamos que se pongan de acuerdo en planes largos para hacer ese país gobernable. Hemos tenido cuatro presidentes en cinco años, uno de ellos duró una semana. 

Entonces, es un gran momento para buscar consensos, acuerdos y planes de gobernabilidad, pero la polarización es más rápida para buscar votantes. El diálogo es lento, complicado, poco mediático y la polarización moviliza a votantes mucho más rápido. Espero que ahora que ha acabado la campaña se acabe también ese enfrentamiento histérico y constante.

—Dando unos pasos atrás, en cuanto a la estructura de la novela y sin dar muchos detalles, optas por dar un final abierto a una historia que te va llenando de interrogantes y dudas que el propio personaje central no logra comprender del todo, cómo es que decides darle este desenlace a la historia que desde el inicio pareciera que planteas las interrogantes y uno va en busca de las respuestas, algunas las encuentras otras sencillamente no están ahí.

—Bueno, es que yo tampoco las tengo. Yo tampoco puedo acceder a ellas. Como esta es una historia sobre el silencio el lector tiene que llenar muchos de los huecos que deja. Lo cierto es que en la realidad hay muchas cosas que no sabemos. Las decisiones más importantes de nuestra vida las tomamos sin tener toda la información necesaria y sin poder tenerla, y ese misterio, esa incertidumbre, es lo que nos hace hacernos preguntas a nosotros mismos. 

Al final creo que así como yo no tengo las respuestas y tengo que dármelas, mientras escribo la novela, el lector tiene que darse a sí mismo sus propias respuestas, y ha sido fascinante en el proceso de promoción del libro encontrar las diferentes respuestas que dan los diferentes lectores. Uno me dijo algo que me impactó mucho, y que no es un spoiler, al final lo que encuentra Jimmy es una historia de amor, una historia de amor que en cualquier otro lugar pudo haber sido normal, incluso irrelevante, pero que ocurre en el infierno y se lleva al encuentro al infierno, y yo no lo había pensado así, pero en efecto funciona. Todos estos vacíos que vas dejando, cada lector los va llenando con su conocimiento propio de la naturaleza humana y de sus emociones, y ese juego me fascina; me fascina jugar con los lectores, plantearnos acertijos y resolverlos mutuamente. 

—De igual forma planteas una situación que creo muchos se pueden sentir identificados. Ese contraste entre la realidad que se vive en Estados Unidos y la realidad de Latinoamérica. Aunque muchos latinoamericanos vayan a EU, la realidad que encuentran allá y la realidad que dejan atrás son muy distintas. 

—Bueno, creo que todos los emigrantes, y por supuesto México tiene muchísimos justo en Estados Unidos, donde ocurre esta parte de la novela; todos los emigrantes tratamos de volver a fundar nuestra historia cuando nos vamos.

A mí me pasa. Vuelvo a casa, hablo con mi madre, cuento historias de mi infancia con gente y mi madre me mira y me dice: ‘eso no fue así’. Y lo cuenta ella, y me parece una porquería lo que cuenta, es mucho mejor lo que contaba, pero al estar fuera también reinventas tu propia historia, acomodas al que tú quieres ser y al que vas a hacer.

Tienes una nueva oportunidad, no sólo de vivir mejor o de ganar más dinero, sino de volver a contar tu historia, volver a empezar tu historia de cero. Y me interesa mucho el contraste entre Sebastián que se va del país y vuelve a contar su historia, y nubla todo lo que ocurrió ahí y decide que esto no se volverá a tocar, y su madre la que se queda en su país, Mamá Tita, presa de sus fantasmas, presa de esos misterios que no puede escapar de esos misterios y que tiene que vivir negándolos.

Mamá Tita es como la dueña de una cristalería que tiene dentro a un elefante, está tratando de fingir que no está, pero se va rompiendo conforme el elefante avance y algún momento está todo a punto de venirse abajo, y creo que esa es la diferencia entre los que se quedan y los que se van. Los que se quedan, se quedan con el peso de las viejas historias, los que se van intentan contarse a sí mismos una nueva historia de quiénes son, aunque tu pasado lo llevas dentro, nunca puedes escapar por entero de él.

—Finalmente, una pregunta obligada, es sobre lo sucedido con Sanborns que en un principio vetó la venta de Y líbranos del mal, por cuestión —dijeron— de sus políticas. ¿Cómo fue que llegó la denuncia a tus oídos? ¿Alguien de esta cadena o la gente del propio Carlos Slim se pusieron en comunicación contigo a raíz de la carta pública que difundiste?

—No, no, no. Nadie me habló. Hicieron un pedido de libros… arreglado, en silencio. 

Tengo que agradecerle mucho a mis lectores porque la carta no era más que un desahogo. El eco que empezaron a darle a esta carta mis lectores mexicanos empezó a volverse muy difícil de controlar. Miles y miles de personas hablando de esto y luego la prensa hablando de esto, y luego la prensa de varios países hablando de esto, y esto es lo que lograron los lectores. Estoy agradecido y fascinado con ellos.

Pero creo que plantee un debate más allá de este libro que es quién controla lo que te llega, lo que lees porque no me refiero sólo a las librerías. Durante la promoción una periodista de un medio digital me dijo algo que me impactó muchísimo: ‘vamos empezando a hablar de otra cosa porque si ven de qué estamos hablando el algoritmo va a reducir la visibilidad de la conversación’. He ido descubriendo con este libro que hay muchos vetos en muchos niveles y en muchas dimensiones de las cosas que tú puedes leer y por tanto de las cosas que tú puedes pensar. 

Para mí como creador es un elogio que quieras hacer una historia inquietante y que alguien te diga es tan inquietante que no nos atrevemos a venderla. Eso significa que está bien hecho el trabajo. Creo que los consumidores de redes sociales, de librerías, de centros de opinión y de información y de narración tenemos derecho a saber con qué criterio se escoge lo que vemos.

—Y al final termina siendo algo irónico que un libro que retrata de esos silencios, de esas cuestiones que no se hablan, que se trata de invisibilizar… lo invisibilizan.

—Sí, pero a la larga gracias a los lectores se dio más visibilidad, no solamente a la novela sino al hecho de que estos temas incomodan y creo que para eso se escriben los libros, para incomodar. Los buenos libros son los que te tocan cosas de ti mismo, de tu sociedad, de tu cultura que preferirías no ver.